No voy a entrar en el debate del concepto de alma, que excedería por completo del humilde propósito de esta entrada, pero sí quiero poner de relieve que el alma existe más allá de nuestras circunstancias o visiones personales, más allá incluso de nuestra propia persona. Los pensadores del Renacimiento ya indicaron que nuestra alma forma parte de un alma mayor, el alma del mundo, anima mundi, que influye en cada cosa individual, sea natural o creada por el hombre.
Resulta relativamente sencillo apreciar que las cosas de la naturaleza nos afectan e impactan. Montañas, mares, paisajes... nos resultan imponentes y les atribuimos, sin dudarlo, una existencia tan llena de alma como la nuestra.
Pero, ¿Y las cosas materiales? ¿Se le puede atribuir un alma a los objetos que crea o fabrica el hombre? Desde luego que sí y, es más, es absolutamente necesario. Si profundizáramos en la experiencia de conectar con las cosas, apreciar su subjetividad y su capacidad de expresar belleza, el resultado sería una ecología del alma y un respeto por todas las cosas del mundo. Si no amamos las cosas en particular, no podemos amar el mundo, pues se compone de cosas individuales. Olvidar esta perspectiva es insensibilizarse al mundo y perder la oportunidad de formar parte de un gran hogar y una gran familia.
Así, por ejemplo, el cuidado de nuestra casa, por más modesta que sea, es el cuidado de nuestra alma, porque cada hogar no deja de ser un microcosmos. Por eso es tan importante darle la debida importancia a la belleza en él (insisto, con independencia de nuestras posibilidades económicas).
También podemos ir un paso más allá. Si las cosas tienen alma, debemos admitir que pueden enfermar, padecer y sufrir. En este sentido no es casual la epidemia de descuido y fealdad que se sufre en muchas ciudades, por no hablar del vandalismo. Si el alma del mundo y nuestra propia alma son una, en la medida en que destruyamos, arrasemos o abandonemos las cosas del mundo, nos destruimos, arrasamos y abandonamos nosotros.
El cuidado del alma implica que prestemos suma atención al sufrimiento del mundo.
¿Y cómo se cuida el alma?. En primer lugar, colocando a la belleza en el número uno de prioridades. El alma se alimenta de belleza, pero no de una belleza al uso, de gratas formas externas, sino de una belleza que nos invita a absorbernos en la contemplación de las cosas. La belleza, como diría Hillman, no necesita ser bonita, sino conectar con nuestra imaginación y con nuestro corazón, en una comunión que nos fascina y nos sumerge en lo más profundo de nosotros mismos.
Una apreciación de la belleza es una apertura al poder de conmover el alma que tienen las cosas, Si nos dejamos afectar por ellas, viviremos con pasión y esta es la energía de la que se alimenta el alma.
Cómo no concluir con esta frase que Dostoyevski pone en boca del príncipe Mishkin en el "Idiota": "La Belleza salvará al mundo".

No hay comentarios:
Publicar un comentario